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Las erupciones volcánicas pueden causar estragos en la vida humana y natural. La erupción del Monte Santa Helena en 1980 sigue siendo el evento volcánico más mortífero y destructivo en la historia de Estados Unidos, incinerando kilómetros de tierra circundante con lava y cenizas. Ante esta devastación, científicos de la Universidad de California, Riverside y la Universidad Estatal de Utah recurrieron a un aliado improbable:la tuza.
Las tuzas son excavadoras que pasan la mayor parte de su vida bajo tierra y emergen sólo para buscar alimento o dispersar la vegetación. Los investigadores plantearon la hipótesis de que la construcción de túneles y la dispersión de semillas podrían acelerar la recuperación ecológica. En 1983, colocaron un puñado de tuzas de bolsillo del norte (Thomomystalpoides) en dos parcelas de piedra pómez porosa que habían sobrevivido a la erupción, donde había persistido el resistente lupino Lupinuslepidus. Las tuzas estuvieron confinadas sólo 24 horas.
El experimento dio sus frutos. Seis años más tarde, las mismas parcelas albergaban 40.000 plantas de lupino prósperas, gracias a la alteración del suelo por parte de las tuzas, que liberaron comunidades enterradas de bacterias y hongos. El microbiólogo de UC Riverside, Michael Allen, comentó que el “efecto residual” de la perturbación de un solo día todavía era evidente cuatro décadas después.
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Un estudio de 2024 publicado en Frontiers in Microbiomes detalló cómo las bacterias y los hongos, en particular los hongos micorrízicos arbusculares (HMA), han sido fundamentales para el rebote ecológico del volcán. Las concentraciones de HMA fueron notablemente más altas en las parcelas tocadas por tuzas que en las áridas. Allen explica que las raíces de las plantas dependen de estos hongos para transportar nutrientes y agua, mientras que los hongos reciben carbono de las plantas a cambio. Este mutualismo también se ha observado debajo de algunos de los árboles más antiguos del mundo en Chile, donde los AMF ayudaron a florecer los bosques de alerces.
Las parcelas de tuzas no fueron los únicos sitios donde regresó la vida. En un bosque antiguo a un lado del volcán, se encontraron HMA en lo profundo del suelo, debajo de las raíces de los árboles. Extrajeron nutrientes de acículas cubiertas de ceniza y los redistribuyeron entre los árboles, permitiendo un rápido crecimiento. La microbióloga ambiental de UC Riverside, Emma Aronson, señaló que “los árboles regresaron casi de inmediato en algunos lugares”.
Por el contrario, en el otro lado del volcán, donde el bosque había sido talado antes de la erupción, la ausencia de agujas dejó a los HMA sin alimento, lo que impidió su regeneración. Aronson describió el marcado contraste como “impactante”. Estos hallazgos subrayan la compleja interdependencia de los organismos en la recuperación de los ecosistemas. Mia Maltz, micóloga de la Universidad de Connecticut, añadió:"No podemos ignorar la interdependencia de todas las cosas en la naturaleza, especialmente los microbios y hongos invisibles".