Por Kay Tang – Actualizado el 30 de agosto de 2022
En la década de 1960, los científicos Werner Arber y Stewart Linn descubrieron que ciertas enzimas en E. coli podría bloquear la replicación viral escindiendo el ADN. Identificaron una clase de enzimas (posteriormente denominadas nucleasas de restricción) que cortan el ADN en posiciones aleatorias, lo que destaca la necesidad de una herramienta más precisa.
En 1968, H. O. Smith, K. W. Wilcox y T. J. Kelley aislaron la primera enzima de restricción bien caracterizada, HindIII, en la Universidad Johns Hopkins. HindIII corta el ADN en una secuencia específica de seis pares de bases, un descubrimiento que abrió la puerta al uso sistemático de enzimas de restricción en biología molecular. Desde entonces, se han identificado más de 900 enzimas de 230 cepas bacterianas, lo que proporciona un amplio conjunto de herramientas para los científicos.
Las enzimas de restricción permiten el mapeo del genoma mediante una técnica llamada polimorfismo de longitud de fragmentos de restricción (RFLP). Al cortar el ADN en sitios de reconocimiento conocidos, los investigadores generan fragmentos de longitudes características que pueden separarse mediante electroforesis en gel. RFLP ha demostrado ser invaluable para la tipificación del ADN, el análisis forense y el estudio de la variación genética en las poblaciones.
La piedra angular de la ingeniería genética es la creación de moléculas de ADN recombinante. En la práctica, se corta un vector plasmídico con una enzima de restricción y se inserta un gen de interés (a menudo derivado de un organismo diferente). Los extremos pegajosos compatibles producidos por las enzimas de tipo II se unen mediante la ADN ligasa, formando un cromosoma híbrido estable que puede propagarse en bacterias.
Las enzimas de restricción se clasifican en tres clases principales: