Susan Edmondson/Shutterstock
Pruebe esta sencilla prueba:extienda el brazo, con la palma hacia arriba, y toque el meñique con el pulgar mientras flexiona ligeramente la muñeca. Si ve un tendón que se eleva en la mitad del antebrazo, ese es el palmar largo. Pero mucha gente no lo tiene. La investigación clásica de 1944 estimó que entre el 10 y el 15% de la población mundial carece de este músculo. Un trabajo más reciente, que muestra diversos grupos en todo el mundo, muestra que la ausencia puede oscilar entre el 1% y un sorprendente 64% dependiendo de la población estudiada.
No se preocupe si se lo está perdiendo:la mayoría de nosotros nunca lo notaríamos a menos que un médico se lo indique. El palmar largo es una estructura vestigial:un remanente de un músculo que alguna vez fue importante y que ya no cumple una función crítica en los humanos modernos. Su desaparición es una ilustración sutil pero poderosa de la microevolución en acción, que refleja cómo nuestros cuerpos se adaptan a la vida en dos pies.
Los biólogos evolucionistas sugieren que el tendón alguna vez ayudó a nuestros ancestros primates trepadores de árboles al fortalecer el agarre durante la locomoción vertical. Hoy en día se extirpa de forma rutinaria durante la cirugía reconstructiva y, a menudo, se dona para reparar otros tendones o para crear tejido "nuevo", como labios o párpados, sin ninguna pérdida de función.
Christophe Lehenaff/Getty Images
El palmar largo se origina en la parte inferior del húmero y se inserta en la aponeurosis palmar de la mano. En primates que se balancean o trepan, facilita la flexión de la muñeca y mejora el agarre. Su prevalencia disminuye a lo largo del árbol evolutivo (desde los lémures y otras especies arbóreas hasta los humanos bípedos), lo que respalda la opinión de que el papel del músculo se ha desvanecido. Los estudios modernos no muestran ninguna ventaja significativa en la fuerza de agarre para quienes la poseen.
Los cirujanos suelen extraer el palmar largo para realizar injertos porque se puede extraer con un impacto mínimo en la función de la mano. Por ejemplo, partes del tendón se utilizan en cirugías correctivas de párpados, lo que demuestra su valor clínico incluso cuando su propósito natural disminuye.
La presencia variable del músculo entre poblaciones es particularmente sorprendente. Un estudio realizado en Turquía en 1997 encontró que casi el 64% de los adolescentes entre 12 y 18 años carecían del tendón en al menos un brazo. Por el contrario, un estudio realizado en 2000 entre casi 200 adultos surcoreanos informó sólo un 0,6% de ausencia. Estas diferencias resaltan cómo las presiones evolutivas actúan de manera desigual en las poblaciones humanas.
Jena Ardell/Getty Images
El palmar largo es sólo uno de los muchos restos evolutivos de nuestro cuerpo. La plica semilunar (un pequeño pliegue rosado en la esquina interna del ojo) puede ser un remanente de la membrana nictitante que se encuentra en aves, reptiles y algunos mamíferos. Si bien su función protectora es en gran medida discutible en humanos, algunos investigadores proponen que todavía ayuda a la lubricación ocular.
La piel de gallina, causada por los músculos erectores del pelo que se contraen alrededor de los folículos pilosos, alguna vez ayudó a los primates a parecer más grandes ante los depredadores o rivales. Con nuestro vello corporal reducido, el efecto es mínimo; sin embargo, investigaciones recientes sugieren que estos músculos podrían influir en la salud de los folículos pilosos y la caída del cabello, desafiando la noción de que son puramente vestigiales.
Finalmente, el cóccix (o coxis) es un recordatorio fosilizado de las colas de nuestros ancestros primates, que alguna vez fueron esenciales para el equilibrio y la locomoción. Aunque la idea de humanos con cola parezca extraña, la presencia del cóccix es un ejemplo claro y cotidiano de nuestro pasado evolutivo.