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  • Seguimiento de la paternidad:cómo evolucionaron las pruebas de paternidad a lo largo de la historia

    Profesora Nara Milanich del Barnard College, autora de Paternidad:la esquiva búsqueda del padre , señala que tanto los científicos serios como los charlatanes de los siglos XIX y XX se sintieron impulsados a resolver el enigma de la paternidad. Sus esfuerzos se vieron amplificados por un panorama mediático que sensacionalizó casos de presunta infidelidad y linaje en disputa.

    Durante la década de 1920, los informes generalizados sobre el intercambio de bebés en las salas de maternidad provocaron un pánico nacional. Los tribunales se vieron obligados a determinar la paternidad legítima y el sistema legal buscó desesperadamente una solución objetiva y científicamente fundamentada.

    Los primeros intentos abarcaron desde estudiar las crestas del paladar de un niño hasta confiar en las erróneas teorías raciales de la eugenesia, que catalogaban rasgos como el tamaño de la nariz, la forma de las orejas y la textura del cabello como marcadores hereditarios.

    La figura más cautivadora de la época fue el Dr. Albert Abrams, quien promovió el llamado oscilóforo. Afirmó que al medir las vibraciones eléctricas en la sangre, denominadas "Reacciones Electrónicas de Abrams" (ERA), se podrían revelar vínculos familiares. Su instrumento supuestamente distinguía, por ejemplo, sangre irlandesa a 15 ohmios de sangre judía a 7 ohmios.

    A pesar de la ciencia cuestionable, el juez Thomas Graham del Tribunal Superior de San Francisco encargó a Abrams que resolviera una demanda de paternidad de alto perfil que involucraba a Paul Vittori, quien negó la manutención de una hija que, según él, no era suya. El veredicto del oscilóforo confirmó la paternidad de Vittori, catapultando a Abrams al centro de atención como una autoridad de paternidad muy solicitada.

    Milanich se pregunta por qué una prueba tan dudosa atrajo tanto la atención de la prensa como la aceptación judicial. Ella sugiere que un sistema legal frustrado anhelaba una respuesta definitiva, mientras que los Estados Unidos de la década de 1920 luchaban con dinámicas de género cambiantes y una autonomía femenina emergente, factores que hacían que la promesa de una prueba concluyente fuera particularmente atractiva.

    Sin embargo, en la década de 1930 surgió un verdadero progreso científico. Los investigadores descubrieron que la sangre misma contenía pistas inmutables, específicamente, el grupo sanguíneo (A, B, AB, O), que podrían usarse para inferir el parentesco. Las reglas eran sencillas:si un niño es del tipo AB y la madre es del tipo A, el padre debe ser del tipo B o AB.

    Armados con este conocimiento, los tribunales ahora podrían aplicar ciencia real para evaluar los reclamos de paternidad, aunque ni siquiera estos métodos son infalibles.

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