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La extinción es un claro recordatorio de cómo las acciones humanas dan forma al planeta. Entre las muchas especies perdidas en la última década, la tortuga gigante de la isla Pinta (Chelonoidis abingdonii) destaca por su dramático declive y desaparición final.
La tortuga gigante de Pinta alguna vez vagó por la aislada isla de Pinta en el norte del archipiélago de Galápagos, donde era la única especie de tortuga gigante. Siguió siendo común hasta principios del siglo XIX, pero la llegada de balleneros, bucaneros y cabras introducidas en la década de 1850 provocó un rápido colapso de la población. Las cabras competían por los mismos recursos, mientras que los humanos cazaban tortugas para alimentarse y divertirse.
A principios del siglo XX, se suponía que la especie estaba extinta, pero un solo individuo sobrevivió hasta la década de 1970.
En 1971, el biólogo húngaro József Vágvölgyi descubrió la única tortuga Pinta que quedaba mientras estudiaba caracoles en la isla. El animal, más tarde llamado "El Solitario George" en un guiño al comediante George Gobel, se convirtió en un símbolo de conservación en todo el mundo.
George fue trasladado en 1972 al Centro de cría de tortugas y reptiles en la isla SantaCruz (enlace). Durante cuatro décadas, los conservacionistas intentaron criarlo con otras especies de tortugas, centrándose primero en localizar una hembra de Pinta y luego en emparejarlo con tortugas gigantes del Volcán de Nieve genéticamente similares. A pesar de los esfuerzos exhaustivos, George no tuvo descendencia viable.
El 24 de junio de 2012, los funcionarios del parque encontraron a George fallecido en su recinto. Se estimaba que tenía más de 100 años. Tras una evaluación de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), la tortuga de la isla Pinta fue declarada oficialmente extinta en 2015 (enlace).
Si bien la muerte de George selló el destino de la especie, investigaciones recientes sugieren un rayo de esperanza. En 2013, los científicos examinaron la genética de las tortugas en la Bahía Banks de la isla Isabela, donde los marineros del siglo XIX habían arrojado tortugas desechadas. Identificaron 17 individuos portadores de genes de C.abingdonii (Biological Conservation, 2013).
Estos hallazgos han provocado debates sobre los esfuerzos de rescate genético o de extinción, aunque intentos similares con otras especies extintas (por ejemplo, el lobo huargo) han enfrentado controversias y resultados inciertos. Proyectos como el propuesto resurgimiento del tigre de Tasmania enfrentan desafíos similares.
El cadáver conservado de George recorrió el Museo Americano de Historia Natural en 2014 antes de regresar a Galápagos en 2017 para exhibirlo en el Centro de Crianza Fausto Llerena. Una placa fuera de su recinto dice:“Pase lo que pase con este animal, que siempre nos recuerde que el destino de todos los seres vivos en la Tierra está en manos humanas”. Este conmovedor mensaje subraya la responsabilidad de la humanidad hacia la administración, incluso cuando el planeta enfrenta amenazas existenciales más allá de nuestro control.