1. Hábito de bajo crecimiento: Las plantas pueden crecer cerca del suelo o desarrollar una forma más compacta y redondeada. Esto reduce la cantidad de superficie expuesta al viento, lo que hace que sean menos desarraigados o dañados. Piense en cómo los arbustos bajos se adhieren a los acantilados, o cómo la forma retrovisada y redondeada de los árboles de bonsai resiste el viento.
2. Tallos fuertes y flexibles: Las plantas pueden evolucionar para tener tallos gruesos y leñosos que pueden soportar ráfagas fuertes. Alternativamente, pueden desarrollar tallos flexibles que se doblan con el viento, evitando que se rompan. Esto es similar a cómo el bambú, con sus culmos flexibles, puede doblarse dramáticamente sin romperse.
3. raíces profundas: Un extenso sistema de raíces ayuda a anclar la planta firmemente en el suelo, por lo que es más resistente a ser desarraigado. Esto es crucial en áreas con vientos fuertes, donde el suelo puede aflojarse y perturbar. Imagine las raíces profundas y extensas de una secoya costera, manteniéndola firme contra las olas y los fuertes vientos.