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Las patatas pueden ser un acompañamiento maravilloso y abundante para muchos platos, pero sólo si se cocinan correctamente. Cocinarlos demasiado los convierte en una papilla pegajosa y poco apetecible, una textura que a la mayoría de la gente no le gusta. El culpable es el almidón que se encuentra dentro de cada tubérculo.
A nivel celular, las patatas crudas están formadas por células muy compactas que les dan una sensación firme y no comestible. Mientras permanezcan vivos, el tubérculo puede incluso brotar si se planta. Una vez que se aplica calor, las enzimas se desnaturalizan y las paredes celulares se descomponen una vez que las temperaturas superan los 100 °F. Esto inicia la transformación de una papa cruda y sólida como una roca a un alimento sabroso.
A medida que aumenta la temperatura, especialmente durante la ebullición, la papa absorbe agua y sus células se hinchan en un proceso llamado gelatinización del almidón. Este paso es esencial para convertir un tubérculo duro en una guarnición esponjosa. Sin embargo, si vas demasiado lejos, el gel se escapa de las células y te quedas con esa temida textura pegajosa. El objetivo, por lo tanto, es cocinar bien el interior y evitar que el exterior se ablande demasiado.
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El secreto está en permitir que el almidón se gelatinice sin dejar que reviente. Para lograr esto, corte las papas en trozos de 20 mm (≈0,75 pulgadas) de grosor y hiérvalas a aproximadamente 158 °F. El calor más suave permite que el calor penetre uniformemente, evitando que la capa exterior se cocine demasiado mientras que el interior permanece tierno.
El chef Heston Blumenthal, conocido por su enfoque de gastronomía molecular, recomienda exactamente este método. En un artículo de The Guardian, explicó que la temperatura más baja permite que los gránulos de almidón se hinchen sin romperse. También sugiere utilizar un pasapurés de patatas en lugar de un pasapurés tradicional, ya que el pasapurés "mantiene intactos los gránulos de almidón".
Si está acostumbrado a hervir grandes trozos de papa y luego mezclarlos en puré, este pequeño ajuste puede transformar la química dentro del tubérculo y mejorar drásticamente la textura. Cocinar patatas requiere un delicado equilibrio entre calor y manipulación mecánica; acertar en el momento y la técnica permite que el almidón se hinche hasta su punto cremoso sin convertir el plato en una papilla.