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Los cultivos genéticamente modificados, como el maíz, el algodón y las patatas, portan un gen bacteriano del Bacillus thuringiensis (Bt) que produce una toxina letal para las larvas de insectos. Otras variedades están diseñadas para resistir herbicidas específicos. Si bien estos avances prometen apoyar a una población mundial en crecimiento, también plantean importantes preocupaciones sobre la biodiversidad.
Los herbicidas son tóxicos para muchas especies. Cuando se aplican en vastos paisajes agrícolas, se filtran a los ecosistemas circundantes. Se cree que la adopción generalizada de cultivos resistentes a los herbicidas aumenta el uso general de herbicidas, amplificando la afluencia de sustancias químicas nocivas a los hábitats naturales. Estos productos químicos pueden erradicar las plantas nativas que proporcionan alimento a la vida silvestre, envenenar directamente a los anfibios y, en última instancia, reducir la biodiversidad.
Cuando los genes de cultivos genéticamente modificados (GM) ingresan al medio ambiente, pueden alterar las comunidades vegetales naturales, amenazar la biodiversidad y contaminar el suministro de alimentos humanos. En septiembre de 2000, se detectó una variedad de maíz Bt no aprobada, StarLink, en tortillas para tacos en Estados Unidos. Durante los meses siguientes, StarLink apareció en varios productos de maíz amarillo, algunos en el extranjero. Las investigaciones iniciales sugirieron que los productores no habían recibido instrucciones claras o se les había dicho que la variedad sería aprobada antes de la cosecha. Aún se desconocen los puntos exactos de entrada a la cadena de suministro, pero el incidente ilustra cómo los genes transgénicos pueden infiltrarse en los sistemas alimentarios. Una serie de Cornell Cooperative Extension informa que StarLink puede haber llegado a más de la mitad del suministro de maíz de EE. UU.
Las regiones con una gran diversidad de cultivos son particularmente vulnerables al cruzamiento con variedades locales. México, hogar de más de 100 tipos únicos de maíz, prohíbe el maíz transgénico, pero se han detectado genes de variedades transgénicas en el maíz mexicano. La investigación realizada por genetistas de plantas de UC Riverside muestra que el flujo de genes de cultivos mejorados convencionalmente puede aumentar la maleza en parientes silvestres, y algunos cultivos transgénicos se convierten en malezas. Los girasoles transgénicos, por ejemplo, pueden producir un 50% más de semillas que sus homólogos convencionales, lo que genera preocupación de que las plantas genéticamente modificadas puedan desplazar gradualmente una valiosa diversidad genética.
Las toxinas Bt producidas por cultivos transgénicos representan una amenaza para la biodiversidad. El Sierra Club ha descrito la ingeniería genética como peligrosa para el medio ambiente. Un estudio de la Universidad de Cornell demuestra que la toxina Bt mata las larvas de especies beneficiosas que no son su objetivo, como polillas, mariposas, crisopas y mariquitas. La toxina persiste en los sistemas de raíces del maíz Bt y en los residuos de las plantas mucho después de la cosecha, afectando a millones de microorganismos del suelo que mantienen la fertilidad. Cuando la toxina Bt se une a las partículas del suelo, puede permanecer activa durante dos o tres meses, lo que afecta negativamente a los invertebrados acuáticos y del suelo y altera los procesos de ciclo de nutrientes en las comunidades bacterianas.