Realizó una serie de experimentos a mediados de 1800 utilizando matraces con cuello de cisne. Hervió el caldo de carne en los matraces, que esterilizó el caldo. Algunos frascos tenían el cuello doblado en forma de S, atrapando los microbios aéreos. Otros se rompieron el cuello, exponiendo el caldo al aire.
Observó que el caldo en los matraces de cuello de cisne se mantuvo claro, mientras que el caldo en los matraces de cuello roto se puso turbio debido al crecimiento microbiano. Esto demostró que los microbios no se generaron espontáneamente en el caldo, sino que provienen del aire.
Este experimento fue un paso crucial para refutar la teoría de la generación espontánea y apoyar la teoría de la biogénesis, que establece que todos los organismos vivos se originan en organismos vivos preexistentes.