En 1964, el estudiante de posgrado Donald Rusk Currey se propuso reconstruir climas pasados tomando muestras de los anillos de los árboles en Wheeler Peak, Nevada. Seleccionó un pino nudoso Bristlecone que, sin saberlo, se convertiría en el árbol no clonal más antiguo registrado en ese momento.
Currey cortó el árbol para obtener un núcleo, pero cuando la broca se atascó acabó derribando todo el ejemplar. Más tarde, en su habitación de hotel, contó 4.862 anillos (la asombrosa cifra de 5.000 años de historia) y se dio cuenta de que acababa de destruir un archivo viviente de información climática.
El árbol, más tarde apodado "Prometheus", era un pino Bristlecone del Parque Nacional Great Basin. Estos pinos crecen muy lentamente, se adaptan al duro clima desértico y pueden vivir durante milenios sin superar raramente los 50 pies de altura. Sus lentas tasas de crecimiento hacen de cada anillo un valioso registro del cambio ambiental.
La experiencia de Currey subraya la importancia de una metodología cuidadosa. Si bien el muestreo de núcleos es una práctica estándar, debe ejecutarse con precisión para evitar talas accidentales. El incidente sirve como advertencia:la búsqueda del conocimiento debe equilibrarse con la administración de las mismas materias que estudiamos.
Desde la pérdida de Currey, el título de árbol no clonal más antiguo pasó a otro pino Bristlecone que alcanzó los 5.065 años. En Utah, una colonia clonal de álamo temblón, conocida como Pando, cuenta con un sistema de raíces estimado en 14.000 años, aunque los tallos individuales viven sólo unos 130 años. Mientras tanto, investigadores en el Mar de China Oriental han identificado una esponja de vidrio que, mediante análisis de la capa de crecimiento y datación por radiocarbono, parece tener aproximadamente 11.000 años, lo que demuestra que incluso los organismos más resistentes pueden sobrevivir a nuestros árboles más venerables.