En el tiempo anterior, cuando el mundo era joven y el cielo era un lienzo de tonos vibrantes, el sol era un espíritu juguetón y travieso. Bailó sobre los cielos, arrojando su luz dorada sobre la tierra, trayendo calidez y alegría. Los árboles, recién nacidos, alcanzaron el sol con extremidades agradecidas, susurrando sus elogios en la suave brisa.
Pero un día, el sol se cansó de su viaje interminable. Anhelaba descansar, para un refugio donde podía dormir y soñar. Entonces, descendió sobre un pico de montaña, ubicado entre los pinos más altos y se hundió en un sueño profundo.
La tierra se sumergió en la oscuridad. Los árboles, temblando de frío, suplicaron el sol que se despertara. Los animales se acurrucaron juntos, sus gritos resonaron en la noche silenciosa. Pero el sol, envuelto en sus mantas doradas de sueños, permaneció ajeno.
Finalmente, el sabio Viejo Willow, sus raíces alcanzando profundamente en la tierra, habló. "Debemos encontrar una manera de despertar el sol", declaró. "Solo entonces podemos ser salvos de esta noche perpetua".
Un pino joven y enérgico, llamado Ever, dio un paso adelante. "¡Subiré la montaña y despertaré el sol!" Declaró, sus agujas susurrando con determinación.
Siempre, aunque joven, era fuerte y ágil. Subió la montaña, su corteza raspando contra las rocas, hasta que llegó a la forma del sueño del sol. Vio el sol, un glorioso orbe de fuego, pero estaba quieto y en silencio.
Siempre, con un grito desesperado, extendió la mano y tocó el sol. Para su sorpresa, el toque provocó una llama dentro de él. Sintió el curso de energía del sol a través de su propio ser, calentando sus agujas y haciendo que sus ramas se balanceen con un vigor renovado.
El sol, agitado por el toque del joven pino, lentamente abrió los ojos. Miró siempre con un rayo de reconocimiento. "Me has despertado", susurró, su voz suave como la brisa. "Pero no puedo dejar este lugar. Estoy atado a esta montaña por tu toque, por tu inquebrantable devoción".
Siempre, entendiendo la situación del sol, inclinó la cabeza. "Entonces permaneceré aquí, llegando para siempre hacia ti", susurró, "un recordatorio de tu calidez y luz".
Y así, el sol permaneció ubicado entre los pinos, su calor irradiando hacia afuera. Siempre, el joven pino, se convirtió en el guardián de la montaña, sus ramas para siempre se extienden hacia el sol, sus agujas susurrando perpetuamente sus elogios. Es por eso que, hasta el día de hoy, los pinos en esa montaña se conocen como los Pines Whispering. Se mantienen centinela, recordándonos para siempre el sueño del sol y el amor inquebrantable de un árbol joven. Y, cuando el viento susurra a través de sus ramas, lleva el tenue eco de la gratitud del sol, un recordatorio del día en que dormía el sol y un pino joven lo despertó con un toque de pura devoción.