Los tsunamis de extraordinaria escala son poco comunes, pero han marcado la historia de la humanidad. La instrumentación moderna ahora nos permite cuantificar su magnitud con precisión. A continuación se muestran los tsunamis más altos registrados que rivalizan con el famoso evento de la Bahía de Lituya, clasificados según la altura de las olas.
El icónico volcán del noroeste del Pacífico entró en erupción el 18 de mayo de 1980. El evento explosivo provocó un enorme deslizamiento de tierra en el flanco norte de la montaña, desplazó un volumen colosal de agua y generó un megatsunami. La ola resultante alcanzó la asombrosa cifra de 260 m (853 pies) en su punto máximo, inundando el valle circundante y causando grandes daños.
El desastre de la presa de Vajont se produjo el 9 de octubre de 1963, cuando un enorme deslizamiento de tierra se deslizó hacia el embalse en el norte de Italia. El repentino desplazamiento del agua produjo un megatsunami de 820 pies (250 m) que azotó el valle adyacente, devastando comunidades y subrayando los riesgos de los proyectos de ingeniería en áreas geológicamente inestables.
En Icy Bay de Alaska, un catastrófico deslizamiento de tierra ocurrido el 17 de octubre de 2015 arrojó una gran cantidad de roca contra el fiordo de Taan. La perturbación generó un megatsunami con una altura inicial de aproximadamente 330 pies (101 m) y una subida que alcanzó los 633 pies (193 m), lo que ilustra el poder de las fallas de las pendientes en la configuración de los peligros costeros.
Anteriormente, esa misma bahía de Alaska fue testigo de un evento dramático el 27 de octubre de 1936. Aunque el desencadenante exacto sigue siendo incierto (un deslizamiento de tierra submarino es una hipótesis principal), el tsunami produjo un avance de 150 m (490 pies) y una altura de ola estimada entre 30 y 76 m (100 y 200 pies), anterior a la oleada más famosa de 1958.
El 17 de junio de 2007, el fiordo Karrat de Groenlandia experimentó un deslizamiento de tierra precipitado por el derretimiento de un glaciar. El megatsunami resultante descendió 100 metros (328 pies) por el fiordo, depositando restos en 100 kilómetros (62 millas) de costa.
Estos acontecimientos ponen de relieve el inmenso potencial destructivo de los megatsunamis, incluso cuando el número de víctimas es inesperadamente bajo. Los avances en el monitoreo geofísico ahora permiten una mejor predicción y alerta temprana.