Duncan Smith/Photodisc/Getty Images
Si bien la población humana supera los 7 mil millones, los microorganismos (bacterias, hongos, arqueas y otros) impregnan prácticamente todos los entornos de la Tierra. Su ubicuidad no es sólo una cuestión de distribución sino de resiliencia y adaptación.
En términos microbiológicos, ubicuidad significa que un determinado organismo o grupo puede encontrarse en diversos hábitats, desde la piel humana hasta las fuentes hidrotermales más calientes. Esta presencia generalizada subraya la importancia ecológica de los microbios.
Sólo alrededor del 3% de las especies bacterianas son patógenas. El 97% restante forma una comunidad protectora y beneficiosa. El cuerpo humano alberga aproximadamente 100 billones de células bacterianas, la mayoría de las cuales residen en la piel y en el tracto gastrointestinal. Estos comensales producen péptidos antimicrobianos que superan a los patógenos potenciales y, en el intestino, ayudan a la digestión, sintetizan vitaminas y modulan el sistema inmunológico.
A finales de la década de 1970, los científicos se dieron cuenta de que algunos organismos previamente clasificados como bacterias eran en realidad un dominio distinto:las arqueas. Estos microbios prosperan en entornos que desnaturalizarían las proteínas bacterianas típicas, como los respiraderos hidrotermales que superan los 212 °F, las aguas termales de Yellowstone y los depósitos de petróleo subterráneos. Las arqueas también dominan la microbiota ruminal de los rumiantes y producen metano como subproducto.
Los microorganismos endolíticos (bacterias, hongos y arqueas) colonizan el interior de las rocas y los granos minerales. Se pueden encontrar tanto por encima como por debajo de la superficie de la Tierra. Algunos son autótrofos y obtienen energía de sustratos inorgánicos, mientras que otros viven en las profundidades de la biosfera, a kilómetros de profundidad bajo el fondo del océano, donde la luz, el oxígeno y la temperatura son extremos.
Durante la década de 1990, se extrajeron esporas bacterianas de abejas conservadas en ámbar de 30 millones de años. Investigadores de la Universidad Estatal Politécnica de California revivieron con éxito las esporas, demostrando actividad metabólica después de una incubación prolongada. Sin embargo, estudios posteriores plantearon preocupaciones sobre la posible contaminación con bacterias modernas, destacando los desafíos de interpretar la microbiología antigua.
Estos ejemplos ilustran que los microorganismos no sólo están en todas partes sino que también se adaptan a los nichos más hostiles, desempeñando papeles críticos en los ciclos biogeoquímicos de la Tierra y la salud humana.