Por Kevin Carr, actualizado el 30 de agosto de 2022
Las infecciones microbianas van desde comensales inofensivos hasta patógenos potencialmente mortales. Entre ellas, algunas bacterias aprovechan la biología del huésped para crecer, propagarse y persistir, comportándose como verdaderos parásitos.
Las bacterias son organismos unicelulares y procarióticos que carecen de núcleo. Surgieron hace más de mil millones de años, siendo anteriores a las complejas células eucariotas que componen las plantas y los animales. Si bien muchas especies bacterianas causan enfermedades (piense en infecciones infantiles, infecciones del tracto urinario o infecciones de transmisión sexual), otras brindan servicios esenciales, como la microbiota intestinal que ayuda a la digestión y los microbios del suelo que descomponen la materia orgánica.
Un parásito es un organismo que depende de otro huésped para completar su ciclo de vida. Los parásitos normalmente evitan matar a su huésped directamente, ya que la supervivencia del huésped es crucial para su propia reproducción y transmisión. El término puede aplicarse a virus, protozoos, helmintos y, en ciertos casos, bacterias.
No todas las bacterias son parásitos y no todos los parásitos son bacterianos. Una bacteria se vuelve parásita cuando invade un huésped, se replica dentro de los tejidos del huésped y utiliza los recursos del huésped para propagarse a nuevos huéspedes. Los ejemplos clásicos incluyen Streptococcus pyogenes, el agente de la faringitis estreptocócica, que coloniza la faringe, se multiplica y puede transmitirse a través de gotitas respiratorias.
Varios patógenos bacterianos exhiben un comportamiento parásito al secuestrar células o tejidos del huésped:
Estos organismos ilustran cómo los parásitos bacterianos manipulan la biología del huésped para propagarse, a menudo evadiendo las defensas inmunes y propagándose entre individuos.