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La piel de gallina, junto con la sudoración y el cerumen, son un recordatorio fascinante de la compleja historia evolutiva de la piel. Como nuestro órgano más grande, la piel controla la temperatura, el dolor e incluso la síntesis de vitamina D. Sin embargo, sus funciones van mucho más allá de lo cotidiano, y la piel de gallina ilustra una sorprendente variedad de funciones adaptativas.
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Los músculos erectores del pelo (APM) son pequeños músculos lisos adheridos a la base de la mayoría de los folículos pilosos. Sorprendentemente, están ausentes en el vello facial, la zona axilar, el pubis, las pestañas, las cejas, las fosas nasales y el canal auditivo. Cuando el APM se contrae, el folículo piloso se eleva en un proceso llamado piloerección, generalmente provocado por el frío o una oleada de emoción. Este reflejo involuntario está mediado por el sistema nervioso simpático, que también gobierna la respuesta de lucha o huida, lo que explica por qué la piel de gallina puede aparecer abruptamente.
En nuestros ancestros más peludos, estas contracciones habrían mantenido el cabello erguido, atrapando una capa de aire caliente y ayudando a retener el calor corporal. La propia actividad muscular genera calor y el vello erizado estrecha aún más los poros de la piel, ofreciendo una protección adicional contra el frío. El efecto visual del pelo erizado también podría haber hecho que los primeros humanos parecieran más grandes e intimidantes, muy parecidos a las púas de un puercoespín, proporcionando una ventaja evolutiva potencial al enfrentarse a depredadores o rivales.
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Si bien la conservación del calor era una función clave, la piel de gallina también surge durante la excitación emocional, ya sea excitación, asombro o estimulación profunda. Debido a que el APM está conectado al sistema nervioso simpático, que se conecta con las regiones del cerebro que controlan la motivación y la emoción, una experiencia emocional poderosa puede desencadenar el mismo reflejo.
Otro subproducto intrigante de la contracción del APM es la estimulación de las glándulas sebáceas. Ubicadas entre el músculo y el folículo piloso, estas glándulas liberan sebo, un aceite natural que mantiene la piel hidratada. La compresión mecánica durante la contracción puede facilitar la secreción de sebo, ofreciendo un beneficio leve e incidental a la humedad de la piel.
Quizás lo más convincente sea la evidencia de que la actividad de APM puede influir en la regeneración de los folículos pilosos. Un estudio de 2020 en la revista Cell, realizado por investigadores de Harvard en ratones, demostró que cuando el APM se contrae, activa las células madre de los folículos pilosos, promoviendo el crecimiento de cabello nuevo. Esto sugiere que el sistema nervioso simpático, a través del APM, aún puede apoyar la renovación del tejido, una función que podría explicar por qué el reflejo persiste mucho después de que la función original de conservación del calor se haya vuelto menos crítica.
En resumen, lo que alguna vez pareció un vestigio de un pasado más frío resulta ser una herramienta multifuncional que vincula la regulación de la temperatura, la respuesta emocional, la hidratación de la piel e incluso la regeneración del cabello.