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  • Por qué se conservan las momias:la ciencia detrás de su longevidad

    HitchLens/Shutterstock

    Quizás la momia más famosa sea la del rey Tutankamón, el faraón egipcio adolescente enterrado hace más de 3.300 años con sus relucientes tesoros. Por el contrario, Ötzi el Hombre de Hielo, un cadáver de 5.300 años encontrado en una cueva de hielo alpina, se conservó gracias a la congelación natural. A pesar de los métodos de momificación muy diferentes (desecación artificial versus hielo natural), ambos cuerpos permanecen notablemente intactos porque se mantuvieron secos.

    La descomposición es impulsada por bacterias que consumen materia orgánica. Muchos de estos microorganismos viven dentro de un cuerpo antes de morir y continúan actuando después de que ésta ha pasado. Para detener la descomposición, las propias bacterias deben ser neutralizadas, lo que se logra de manera más efectiva eliminando el agua (el solvente esencial de la vida) de su entorno. Esta deshidratación o desecación es también el paso inicial en la formación de fósiles.

    En el caso de Ötzi, la rápida congelación en hielo sólido mató las bacterias y atrapó el cuerpo en un estado libre de humedad durante milenios. El embalsamamiento del rey Tut requirió un trabajo más deliberado. Los antiguos egipcios primero extirparon los órganos internos mediante pequeñas incisiones, una práctica arraigada en la creencia religiosa que también eliminaba gran parte del agua y la carga bacteriana del cuerpo.

    Momificación artificial:herramientas, productos químicos y ataúdes herméticos

    BlackFarm/Shutterstock

    Después de la extracción de órganos, los egipcios llenaban el cuerpo con natrón, una sal absorbente que extrae la humedad restante. Otras culturas emplearon técnicas de desecación similares. El pueblo Chinchorro del Chile actual, por ejemplo, produjo las momias artificiales más antiguas del mundo, que datan del año 5.050 a.C., extirpando órganos y extrayendo agua con ceniza y arcilla.

    Una vez que el cuerpo estaba esencialmente seco, lo envolvían en telas, juncos secos y otros materiales que creaban una barrera contra la humedad externa. Los egipcios también aplicaron sustancias hidrofóbicas como aceites de árboles, grasas animales, cera de abejas y resina para proteger aún más los restos. Finalmente, el cuerpo envuelto se sellaba en un ataúd, a veces alojado dentro de un sarcófago de piedra, para garantizar un ambiente hermético. Estas capas de protección eran críticas; sin ellos, incluso un cuerpo seco podría verse comprometido por la humedad atmosférica.

    La eficacia de estos métodos es evidente en el estado de los restos del rey Tutankamón. Los científicos modernos han extraído con éxito su ADN, identificado infecciones de malaria e incluso diagnosticado pie zambo, descubrimientos que habrían sido imposibles sin la meticulosa preservación lograda por sus embalsamadores reales.




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