Por Wanda Thibodeaux • Actualizado el 24 de marzo de 2022
Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), aproximadamente el 71% de la superficie de la Tierra es océano, y estas vastas aguas contienen el 97% del agua dulce del planeta. Las corrientes oceánicas, transportadoras naturales de calor, sal y nutrientes, están profundamente determinadas por la salinidad del agua.
La física nos dice que el material menos denso se eleva mientras que el material más denso se hunde. En el océano, el agua más densa y salada se deposita en el fondo marino, lo que obliga a elevar el agua más ligera y dulce. Este intercambio genera el componente vertical de una corriente de convección, que impulsa patrones de circulación horizontal.
La temperatura refleja la energía cinética de las moléculas de agua. El agua caliente se expande, reduciendo su densidad; El agua fría se contrae y se vuelve más densa. En consecuencia, el agua superficial más cálida tiende a subir, mientras que el agua más fría y densa desciende, lo que alimenta aún más la convección.
El calentamiento expande el agua, creando espacio que permite que más sal y minerales disueltos, como el calcio, permanezcan disueltos. Por tanto, el agua más cálida puede presentar una mayor salinidad. Cuando la salinidad y la temperatura se combinan para hacer que una porción de agua sea más densa que su entorno, se hunde, iniciando un ciclo de convección. Esta interacción puede incluso invertir el orden vertical esperado:el agua fría puede estar encima del agua cálida si la salinidad de esta última es lo suficientemente alta.
La sal y otros minerales ingresan al océano a través de múltiples vías:la escorrentía fluvial erosiona las sales terrestres, los respiraderos hidrotermales liberan minerales del fondo marino y los aportes antropogénicos (por ejemplo, aguas residuales, efluentes industriales) contribuyen con cargas adicionales.