Por María Pesacreta
Actualizado el 30 de agosto de 2022
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Comprender cómo se unen los elementos de la tabla periódica para crear compuestos es fundamental para la química. Las propiedades únicas de cada elemento guían cómo se une, ya sea a través de interacciones metálicas, iónicas o covalentes. Dominar estos principios permite a los químicos predecir y manipular el comportamiento de sustancias en contextos científicos e industriales.
Los metales ocupan la izquierda y el centro de la tabla periódica y destacan como conductores eléctricos; el cobre es un ejemplo clásico. Los metaloides como el boro, el silicio, el germanio, el arsénico, el antimonio, el teluro y el polonio exhiben características mixtas, uniendo el comportamiento metálico y no metálico. Los no metales, que se encuentran en el lado derecho (excluyendo el hidrógeno), tienden a ser gases o sólidos quebradizos y conducen mal la electricidad; el nitrógeno es un ejemplo de este grupo.
Cuando átomos metálicos idénticos se combinan, forman enlaces metálicos. En esta disposición, los electrones de valencia se deslocalizan a través de una red, lo que permite el libre flujo de electrones; el zinc demuestra este fenómeno.
Los halógenos del Grupo 17 poseen siete electrones de valencia, lo que los hace altamente electronegativos. Su fuerte atracción por los electrones impulsa la formación de enlaces iónicos o covalentes dependiendo del elemento asociado.
Los metales alcalinos del Grupo 1 tienen un solo electrón de valencia, lo que da como resultado los valores de electronegatividad más bajos. Estos elementos donan fácilmente electrones durante el enlace.
Cuando un metal de baja electronegatividad se encuentra con un no metal de alta electronegatividad, se produce una transferencia de electrones, lo que produce una red iónica. El cloruro de potasio (KCl) es un ejemplo clásico de dicho compuesto.
La combinación de dos o más no metales generalmente conduce a enlaces covalentes de electrones compartidos, como se ve en el dióxido de nitrógeno (NO₂). Estas moléculas a menudo exhiben enlaces direccionales y una geometría molecular definida.
La química orgánica se centra en las moléculas que contienen carbono. El metano (CH₄) ilustra un compuesto orgánico, mientras que el bromuro de magnesio (MgBr₂) representa una sal puramente inorgánica.