Por John Brennan | Actualizado el 30 de agosto de 2022
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Si bien la vida unicelular (organismos unicelulares como bacterias y amebas) constituye la gran mayoría de la biodiversidad de la Tierra, todos los animales, plantas, hongos y muchos protistas conocidos son multicelulares y están formados por numerosas células especializadas. Aunque difieren en organización y complejidad, ambas formas de vida dependen de la misma maquinaria genética fundamental y comparten estructuras celulares críticas.
La mayoría de los organismos multicelulares son eucariotas:su ADN reside dentro de un núcleo rodeado de membrana y normalmente contienen una variedad de orgánulos (mitocondrias, retículo endoplásmico, aparato de Golgi y más) que compartimentan las funciones celulares. Algunos eucariotas unicelulares, como las amebas, también poseen estas estructuras, mientras que los organismos unicelulares procarióticos (sobre todo las bacterias) carecen de núcleo y orgánulos unidos a membranas, lo que da lugar a células más pequeñas y simples. En consecuencia, la multicelularidad casi siempre se correlaciona con la complejidad eucariota, pero la unicelularidad abarca tanto el reino procariótico como el eucariota.
En los organismos multicelulares, las células se diferencian y adoptan funciones distintas (p. ej., músculos, nervios, piel) para formar tejidos y órganos. Esta especialización permite una intrincada división del trabajo y una función orgánica eficiente. Por el contrario, los organismos unicelulares deben realizar todas las funciones necesarias dentro de una sola célula, aunque pueden exhibir una coordinación notable. Por ejemplo, las colonias bacterianas utilizan la detección de quórum (un mecanismo de señalización química) para sincronizar la expresión genética y el comportamiento una vez que se alcanza una densidad de población crítica.
A pesar de las enormes diferencias de forma, toda la vida comparte un código genético casi universal. Las secuencias de ADN que codifican proteínas de una especie pueden insertarse en otra (ya sea un ser humano o una ameba) y producir la misma secuencia de aminoácidos, lo que subraya una herencia evolutiva común. Esta universalidad proporciona evidencia convincente de la descendencia de un ancestro compartido y sirve como piedra angular de la biología molecular moderna.
Tanto los organismos unicelulares como los multicelulares presentan: