NASA/Getty Images Noticias/Getty Images
Si bien el Sol no es una olla de agua hirviendo, su atmósfera exterior (la corona) es un plasma hirviente de iones y electrones. De este plasma caliente surge el viento solar:un flujo continuo de partículas de alta energía que se precipita hacia afuera a aproximadamente 400 km/s (unas 900.000 mph). Aunque su densidad es minúscula (sólo unos cinco protones por centímetro cúbico, muy por debajo de la densidad de la atmósfera terrestre), el viento solar desempeña un papel importante en el clima espacial y las operaciones de los satélites.
Durante los períodos de intensa actividad solar, el viento solar calienta las capas superiores de la atmósfera, provocando su expansión. Esta expansión aumenta la resistencia atmosférica sobre los satélites en órbita terrestre baja. Para los satélites situados por debajo de aproximadamente 1.000 km (620 millas), la resistencia adicional puede reducir sus órbitas hasta 30 km (18 millas), lo que requiere frecuentes maniobras de mantenimiento de la órbita.
Las partículas cargadas del viento solar pueden acumularse en las superficies de un satélite, creando diferencias de voltaje entre componentes adyacentes. Cuando un satélite se mueve entre la luz del sol y la sombra, estas cargas pueden descargarse abruptamente, produciendo rayos a microescala que pueden dañar los componentes electrónicos sensibles. Si bien los satélites están diseñados con estrategias de protección y conexión a tierra para mitigar los efectos normales del viento solar, las intensas ráfagas asociadas con eyecciones de masa coronal (CME) pueden abrumar estas defensas.
Las partículas más rápidas del viento solar transportan suficiente energía para penetrar las capas exteriores de un satélite y dañar los componentes microelectrónicos. Aunque estas partículas de alta energía son relativamente raras, su potencial para destruir circuitos las convierte en una consideración crítica en el diseño de naves espaciales. Los materiales de protección y la electrónica tolerante a fallas ayudan a reducir el riesgo, pero no lo eliminan.
Las partículas cargadas del viento solar son desviadas en gran medida por el campo magnético de la Tierra, dirigiéndolas hacia las regiones polares y hacia la ionosfera superior. La afluencia de partículas altera las condiciones ionosféricas, lo que puede degradar la calidad de la señal de radio, ya sea atenuando o mejorando ciertas frecuencias. Estas perturbaciones afectan a los sistemas de navegación y comunicaciones por satélite, incluido el sistema de posicionamiento global.