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Las llamaradas solares (intensas ráfagas de partículas cargadas expulsadas del Sol) viajan a través del sistema solar. Cuando chocan con el campo magnético de la Tierra, pueden desencadenar auroras espectaculares y, en casos graves, alterar las redes eléctricas y las comunicaciones por satélite. Desde la primera observación registrada en 1859, las erupciones solares han desafiado continuamente nuestra tecnología y han provocado estudios científicos rigurosos.
En septiembre de 1859, el astrónomo británico Richard Carrington capturó la primera observación directa de una erupción solar. La tormenta geomagnética resultante, ahora conocida como Evento Carrington, produjo auroras visibles hasta el sur del Caribe. Las líneas telegráficas de Europa y Estados Unidos chispearon y ardieron, lo que pone de relieve la vulnerabilidad de las primeras infraestructuras eléctricas.
En agosto de 1972 se produjo una poderosa erupción solar que provocó cortes de energía generalizados en Illinois y llevó a AT&T a rediseñar sus cables eléctricos de largo alcance. El evento también generó preocupaciones sobre la seguridad de los astronautas durante las misiones lunares, ya que el aumento de la radiación solar podría representar importantes riesgos para la salud.
En marzo de 1989, una llamarada similar provocó un apagón masivo en Quebec, dejando a seis millones de residentes sin electricidad durante casi nueve horas. Los equipos eléctricos en regiones tan al sur como Nueva Jersey sufrieron daños, lo que subraya los efectos de largo alcance de las perturbaciones geomagnéticas.
El 14 de julio de 2000, una tormenta menos intensa derribó satélites e interrumpió las comunicaciones por radio. Las llamaradas posteriores en 2003 y 2006 afectaron a los satélites de observación y un instrumento sufrió daños mientras registraba el evento.
Si bien ninguna erupción moderna ha igualado la intensidad del evento Carrington, los científicos estiman que hay una probabilidad entre ocho de que se produzca una tormenta comparable para 2020. Aunque la probabilidad de impactos catastróficos sigue siendo baja, el monitoreo y la preparación continuos son esenciales para salvaguardar la infraestructura crítica.