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Cuando William Herschel observó por primera vez Urano en 1781, las leyes de la gravedad y el movimiento ya estaban bien establecidas. Aplicando las ecuaciones de Newton a las masas conocidas del sistema solar, los astrónomos podrían predecir la trayectoria de un planeta con notable precisión. Dos años después del descubrimiento de Urano, su órbita había sido calculada y trazada con el mismo rigor que se había aplicado a los ocho planetas conocidos antes.
Inicialmente, la posición de Urano coincidía estrechamente con las predicciones. Sin embargo, en 1830 la ubicación observada del planeta se alejaba más de cuatro diámetros planetarios de donde debería haber estado, una diferencia que ya no podía descartarse. Algunos estudiosos especularon que la gravedad newtoniana era incompleta, mientras que otros consideraron la posibilidad de que un cuerpo masivo invisible tirara de Urano desde los confines exteriores del sistema solar.
Tanto el Sol como los gigantes gaseosos Júpiter y Saturno ya ejercieron perturbaciones mensurables en Urano. La discrepancia restante sugería la presencia de otro planeta aún desconocido más allá de Urano. En 1843, el astrónomo inglés John Couch Adams calculó la órbita de este hipotético cuerpo y predijo su posición con sorprendente precisión, aunque sus hallazgos fueron en gran medida ignorados en Inglaterra en ese momento.
Casi al mismo tiempo, el matemático francés Urbain LeVerrier realizó cálculos comparables. Utilizando las predicciones de LeVerrier, los astrónomos del Observatorio de Berlín localizaron el nuevo planeta en 1846 y lo llamaron oficialmente Neptuno. El descubrimiento no sólo validó el poder predictivo de la mecánica celeste sino que también confirmó que la gravedad de Neptuno resolvió las perturbaciones residuales en la órbita de Urano, una conclusión que la mayoría de los astrónomos modernos aceptan hoy.