Por Michael E. Carpenter | Actualizado el 24 de marzo de 2022
Las diferencias entre los diamantes y el grafito son sorprendentes en apariencia, dureza y aplicaciones típicas. Sin embargo, cuando se examinan a nivel atómico, los dos materiales revelan un notable conjunto de características compartidas.
Tanto el grafito como los diamantes están compuestos de átomos de carbono puro. Esta composición química compartida los convierte en alótropos (diferentes formas estructurales del mismo elemento) junto con el carbono amorfo (hollín o negro de humo). La distinción radica en cómo cada átomo de carbono se une a sus vecinos, produciendo propiedades físicas divergentes.
En ambos alótropos, los átomos de carbono están unidos por fuertes enlaces covalentes que comparten electrones de valencia. Estos enlaces proporcionan la columna vertebral de la estructura de cada material, dictando la resistencia, la conductividad y la reactividad.
El grafito se funde a una extraordinaria temperatura de 4200 K, mientras que el diamante se funde a 4500 K. Bajo calor extremo y bombardeo de iones, el diamante puede volver a transformarse en grafito, la forma de carbono termodinámicamente más estable en esas condiciones.
Tanto el grafito como los diamantes se encuentran naturalmente en la Tierra, aunque también pueden sintetizarse en laboratorios. A diferencia de sus homólogos naturales, el carbono blanco (una forma creada en laboratorio que puede dividir un haz de luz en dos) no tiene un análogo natural.
Estos puntos en común subrayan por qué ambos materiales son apreciados en diversos campos, desde herramientas de corte hasta electrónica, a pesar de sus aparentes diferencias.