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El ATP, o trifosfato de adenosina, es la principal fuente de energía de las células vivas. Sus tres grupos fosfato almacenan energía química que puede liberarse cuando se hidroliza el enlace terminal. Esta energía impulsa prácticamente todas las reacciones metabólicas, desde la contracción muscular hasta la síntesis de ADN. Al agregar un fosfato al ADP (difosfato de adenosina), las células convierten el ADP en ATP, creando una reserva de energía lista para usar.
Estos pasos ocurren predominantemente dentro de las mitocondrias, las centrales eléctricas de la célula. La membrana externa es lisa, mientras que la interna se pliega formando crestas, lo que aumenta dramáticamente el área de superficie para ETC y ATP sintasa.
El ETC crea un gradiente electroquímico bombeando protones al espacio intermembrana. Esta fuerza motriz de protones crea una alta concentración de protones fuera de la matriz, estableciendo un gradiente pronunciado a través de la membrana interna. Los protones regresan a la matriz a través de la ATP sintasa, un complejo enzimático rotatorio incrustado en la membrana. La energía rotacional generada por el flujo de protones impulsa la adición de un grupo fosfato al ADP, formando ATP.
En esencia, la célula aprovecha la energía liberada por el transporte de electrones para bombear protones y luego utiliza ese gradiente de protones para impulsar el paso final de la respiración celular:la síntesis de ATP. El ATP recién formado sale de las mitocondrias y alimenta innumerables procesos celulares, sustentando la vida.