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Los ácidos nucleicos, las diminutas moléculas que residen en el núcleo de la célula, son la columna vertebral del flujo de información biológica. El ADN almacena el modelo genético que dirige el crecimiento y la herencia, mientras que el ARN traduce ese modelo en las proteínas que llevan a cabo funciones celulares. Estas moléculas fueron descubiertas por primera vez en el invierno de 1868-69 por el médico suizo Friedrich Miescher, quien aisló una sustancia misteriosa en los núcleos de los glóbulos blancos e insinuó su papel en la replicación y la herencia celular.
El ácido ribonucleico (ARN) está compuesto por una columna vertebral de fosfato, azúcar ribosa y cuatro bases nitrogenadas:adenina, uracilo, citosina y guanina. Aunque el ARN normalmente se encuentra en el citoplasma, se transcribe en el núcleo. Tres especies de ARN esenciales realizan tareas distintas:
La producción de ARN es un proceso dinámico:se sintetizan, escinden, reciclan y, a veces, degradan nuevas cadenas, todo para garantizar una regulación precisa de la síntesis de proteínas.
El ácido desoxirribonucleico (ADN) adopta una forma de “escalera retorcida” de doble hélice. Su columna vertebral está formada por fosfato, azúcar desoxirribosa y cuatro bases:adenina, guanina, citosina y timina (exclusivas del ADN). En los seres humanos, 23 pares de cromosomas (46 en total) contienen todo el inventario genómico. Los genes, definidos como segmentos de ADN discretos, codifican rasgos específicos y están dispuestos a lo largo de estos cromosomas.
El ADN actúa como el manual de instrucciones maestro de cada célula, asegurando que durante la división celular cada célula hija reciba una copia exacta del genoma. Esta fidelidad sustenta el crecimiento, la reparación y la continuidad de la vida.
En resumen, el ADN preserva la información genética heredada de los padres, mientras que el ARN media la expresión de esa información en proteínas funcionales; juntos orquestan la compleja coreografía de los organismos vivos.