Por Gwendolen Akard
Actualizado el 30 de agosto de 2022
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El Sol y la Luna dominan nuestro cielo, dando forma a los calendarios, las mareas, los mitos y la vida cotidiana. Aunque comparten una forma de disco familiar, difieren dramáticamente en origen, composición e influencia.
Ambos cuerpos celestes anclan nuestros calendarios:el ciclo lunar (~27,3 días) define el mes, mientras que el año solar (~365,25 días) define el año. El período de rotación ecuatorial del Sol es de unos 25 días.
El Sol se formó hace 4.600 millones de años a partir del colapso de una nebulosa solar, lo que provocó una fusión nuclear en un núcleo de hidrógeno y helio. La Luna, por el contrario, es un fragmento recondensado del impacto gigante entre la protoTierra y un cuerpo del tamaño de Marte, como lo respaldan la evidencia isotópica y los modelos dinámicos.
La Luna es un mundo rocoso con una superficie basáltica, un manto de silicato y un modesto núcleo de hierro; refleja la luz del sol. El Sol es una esfera gaseosa de hidrógeno y helio que produce su propia luz mediante fusión nuclear.
La energía solar impulsa la fotosíntesis, la regulación del clima y tecnologías como la fotovoltaica. La gravedad lunar gobierna las mareas oceánicas, creando los conocidos ciclos de aguas altas y bajas a través de protuberancias gravitacionales que giran con el giro de la Tierra.
La exosfera de la Luna produce marcados contrastes:el lado iluminado alcanza un máximo de +123°C (253°F), mientras que el lado nocturno cae a –233°C (–387°F). La superficie del Sol (fotosfera) oscila entre 4123 °C y 6093 °C (7460 °F-11 000 °F); su atmósfera exterior (corona) puede alcanzar los 500.000°C (900.000°F).
A pesar de su prominencia compartida, el Sol y la Luna difieren dramáticamente en origen, composición y sus funciones en la Tierra. Comprender estas diferencias profundiza nuestro aprecio por la mecánica celeste que sustenta la vida y da forma a los ritmos de nuestro planeta.