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Todos los organismos vivos de la Tierra dependen unos de otros para su sustento. La luz del sol es el motor clave de la vida, ya que proporciona la energía que las plantas necesitan para crecer y la vitamina D que los animales, incluidos los humanos, necesitan para tener huesos sanos.
Las plantas aprovechan la energía solar durante la fotosíntesis, convirtiendo la luz, el dióxido de carbono y el agua en glucosa (una fuente de energía almacenada) y liberando oxígeno. La luz absorbida también desencadena la síntesis de precursores de vitamina D, que pueden transferirse a los herbívoros cuando consumen la planta.
Los animales obtienen energía indirectamente al comer plantas y también se benefician directamente de la exposición solar. La luz solar que incide sobre la piel convierte el colesterol en vitamina D, esencial para la absorción del calcio y la fortaleza de los huesos. En los herbívoros, esta vitamina también puede obtenerse de materia vegetal.
Cuando las plantas reciben muy poca luz, la producción de clorofila disminuye, lo que da como resultado un follaje pálido, una síntesis reducida de glucosa y una menor vitalidad general. Por el contrario, el exceso de luz puede sobrecalentar las hojas, provocar una rápida pérdida de agua y, en última instancia, provocar la muerte de las plantas.
La baja exposición a la luz solar puede causar deficiencia de vitamina D, lo que provoca huesos frágiles y una función inmune comprometida. Sin embargo, la sobreexposición puede provocar quemaduras solares, daños en la piel o estrés por calor en muchas especies.
Si bien las plantas no tienen control sobre su entorno luminoso, los humanos pueden mitigar los impactos del cambio climático y la contaminación. Prácticas como el reciclaje, la reducción del consumo de recursos, el uso compartido del automóvil y la elección de un transporte ecológico ayudan a preservar el equilibrio natural de la exposición a la luz solar de todos los organismos.