Por Ethan Shaw | Actualizado el 30 de agosto de 2022
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El nitrógeno es el gas más abundante en la atmósfera de la Tierra, pero es un elemento fundamental para todos los organismos vivos. El ciclo del nitrógeno (su viaje a través de la atmósfera, la geología y la biología) es uno de los procesos más elegantes de la ecología.
Cada célula depende del nitrógeno para producir proteínas y aminoácidos. En las plantas, el nitrógeno es un componente central de la clorofila, el pigmento que captura la luz solar durante la fotosíntesis. En los animales, es esencial para el ADN, las enzimas y la reparación celular.
La clorofila contiene átomos de nitrógeno que ayudan a transferir energía de la luz a las vías metabólicas de la planta. Sin suficiente nitrógeno, las plantas luchan por formar clorofila, lo que provoca un retraso en el crecimiento y hojas amarillentas.
Aunque el nitrógeno atmosférico constituye el 78% del aire que respiramos, la mayoría de los organismos no pueden utilizarlo directamente. Mediante la fijación de nitrógeno, los microbios convierten el N₂ atmosférico en amoníaco (NH₃) o nitratos (NO₃⁻), que las plantas y los animales pueden absorber.
Las bacterias asociadas a las raíces, a menudo en simbiosis con leguminosas, y los microbios del suelo que viven libremente impulsan esta conversión. Su maquinaria enzimática (nitrogenasa) cataliza la reducción de N₂, suministrando la mayor parte del nitrógeno biodisponible a los ecosistemas.
Una vez que las plantas asimilan el nitrógeno, éste fluye a través de la cadena alimentaria. Cuando los organismos mueren, los descomponedores liberan nitrógeno al suelo o a la atmósfera en forma de gases como amoníaco, óxido nitroso o dióxido de nitrógeno, completando el ciclo.
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